16 jul. 2008

UNA REFLEXION


Hablábamos días pasados con mi amiga María Eva del Blog Pequeños besos de Luna del tema de la aceptación (Vivir en el aquí y ahora es la aceptación).
Yo creo que podemos aceptar cada una de las circunstancias que van ocurriendo en nuestras vidas, no desde el lado de sentir que nos resignamos mansamente a lo que viene, sino desde la convicción total y absoluta de que eso que nos está ocurriendo proviene de una Ley Superior.
Cuando empezamos a reconocer que el dolor sirve a nuestra evolución (también decía Eva eso), cuando aprendemos a aceptar que las relaciones humanas significativas se deben a cualquier cosa menos al azar, que cuando nos encontramos y establecemos lazos mutuos, no es sin una causa asignable.
Aún cuando esta causa no sea reconocida y comprendida, allí está, operando como la equilibrante Ley del Karma.
Próxima a cumplir los sesenta años, no soy, ni me siento más sabia, más inteligente, ni más valiosa que nadie, solo que cuando uno llega a esta edad (también hay excepciones) puede darse el “lujo” de mirar hacia atrás y ver el camino recorrido y como lo recorrió, yo me siento satisfecha con él, porque puedo ver que he crecido, a pesar de los dolores, de las frustraciones, de las carencias, si alguien me hubiera dicho que todo eso era necesario, pues tenía mucho que saber y ésa era la manera más eficaz de aprenderlo…bueno no creo que lo hubiera escuchado agradecida, hubiera pensado,
¡No hay nada que valga tanto la pena para pasar por todo esto!.
Pero el alma no nos da alternativa, sabe lo que tenemos que experimentar, sabe también que, en último término, aunque pueda demandarnos muchas vidas, el valor de las lecciones que hemos aprendido y la conciencia alcanzada sobrepasará ampliamente los sufrimientos soportados. Además, el sufrimiento se esfuma de la memoria, como los dolores de parto una vez nacido el bebé: de lo contrario, sus efectos duraderos se pueden elaborar más adelante, mediante ciclos de curación.
La curación solo llega a través de la compasión y el perdón.
Compasión es el movimiento del alma que nos hace sensible al mal que padece el otro, comprender el sufrimiento de los demás y darles una solución, mejora nuestro dolor.
Y básicamente el perdón, el perdón cura, pero perdonar de verdad requiere comprender de verdad, debemos ser capaces de mirar con claridad toda la escena, no retroceder ante ninguna parte, no negar nada, aceptarlo todo. En cierto sentido, esto significa que debemos convertirnos en expertos con respecto a lo que es preciso perdonar, para ver todos los aspectos, no sólo el propio.
Si pedimos humilde y seriamente perdón, avanzamos hacia la curación de nuestras heridas y a nuestra propia iluminación.

Un sabio refrán antiguo nos aconseja:

Cuando te enfrentes a un enemigo
Alábalo,
Bendícelo,
Déjalo ir.