31 jul. 2009

A MI PADRE



Mañana 1º de Agosto cumples 92 años papá.

Trato de imaginar como estarías, pero me resulta casi imposible pensarlo.
Nos dejaste cuando tenías 61, apenas un poco más de lo que yo tengo ahora.
Recuerdo tu caminar ágil, decidido, tu cuerpo delgado, de alguna manera me miro en el espejo y te veo, miro mis pies, mis manos y te veo.
Tu vida fue otra desde que las circunstancias te arrancaron de la tranquilidad del campo para terminar en esta locura de la gran urbe, si bien la conocías por haber vivido en ella siendo muy joven.
Jubilarte también te afectó, contrariamente a lo que me pasa a mí, pensaste que eras viejo, que ya no servías, seguramente te preguntaste y ahora que?.

Y el accidente de Dora, tu hija, mi hermana, con la muerte de tu nieta, completó la obra.

El roble se quebró, explotó, primero las ramas, después el tronco, y caiste, caiste para no levantarte más, vos que nunca estuviste enfermo, vos que te mofabas de los que tomaban remedios, de los que a tu edad tenían canas.

Que fuerte y que débil eras papá.

Los recuerdos de tu fortaleza y determinacion se agolpan en mi cabeza.
Fortaleza y determinación para curar a los animales que se enfermaban, para ayudar a parir a las vacas que no podían hacerlo solas, para traer hasta la casa a los corderitos recién nacidos y así salvarlos de los largos temporales de lluvia y viento, dándoles mamadera y abrigo.

También recuerdo tu ternura, generalmente oculta, pero estaba, cuando jugabas con nosotros a ver quién comía su postre primero, para dejar el tuyo hasta el final y luego burlarte de nosotros.
Cuando ponías los fuegos artificiales atados en círculos en los troncos de los árboles para las fiestas de fin de año, y salías corriendo cuando explotaban simulando un miedo que a nosotros nos causa mucha risa, cuando nos dabas un golpecito en la cabeza y disimulando mirabas para otro lado como diciendo “yo no fui”.

Y tu sensibilidad, cuando llorando como un chico pedías a Dios que no te llevara a tu compañera, mi madre, desangrándose en una hemorragia.

Estuvimos muchos años separados papá, con distancia en km, pero también sin ellos.
Te necesité mucho, despertaste en mi muchos sentimientos, rabia, enojo por sentirte tan distante, quizá hasta un poco de odio por hacer sufrir a mamá.

Pero también te amé profundamente.

Solo que tuve que madurar, vivir mi propia vida para entender tantas cosas, para sentir que me diste lo que me podías dar, que era lo poco que tú también habías recibido.

Compartiste treinta y siete años con mamá y nosotros tus seis hijos.
Hubo muchos momentos difíciles y dolorosos, pero también de los otros, cuando salíamos a pasear, cuando íbamos todos a una fiesta, con ropa nueva, con zapatos nuevos, cuando bailaban y yo me quedaba embobada viéndolos, como me gustaba verlos bailar!!!, cuando te juntabas a jugar al truco con tus amigos y escuchaba tu risa, tus picardías, fascinada por los gestos de tu cara, cuando ibas en tus caballos preferidos amansados por vos, la espalda bien recta, pero relajado, eterno pañuelo al cuello y gorra, con tu cigarro entre los labios ó silbando una canción.

Daría parte de mi vida si con ello pudiera tenerte a vos y a mamá, tenerlos a los dos juntos, viejitos, aunque sea un día, HOY…, me pondría en el medio de los dos, les ofrecería mi brazo a cada uno, y le diría a mamá al oído, ¡¡vamos a festejarle el cumpleaños con un regalo!!

Seguramente al entregártelo, tú dirás como dijiste siempre que te hacíamos regalos, “ del mismo cuero sale la lonja”.

¡¡¡¡Felíz cumpleaños papi!!!!, y sí……., de ese mismo cuero salió esta lonja.
Te amo siempre

Silvia

24 jul. 2009

EL BUEN COMBATE


El buen combate es aquel emprendido porque nuestro corazón lo pide.
En épocas heroicas, en tiempos de los caballeros andantes, esto era fácil; había mucha tierra por conquistar y mucho por hacer.
Hoy día, sin embargo, el mundo ha cambiado mucho y el Buen Combate se desplazó de los campos de batalla al interior de nosotros mismos.
El Buen Combate es aquel entablado en nombre de nuestros sueños, cuando explotan dentro de nosotros con todo su vigor en la juventud, tenemos mucho coraje pero todavía no hemos aprendido a luchar.
Después de mucho esfuerzo, hemos aprendido a luchar, pero ya no tenemos el mismo coraje para combatir.
Por eso nos volvemos contra nosotros mismos y pasamos a ser nuestro peor enemigo.
Decimos que nuestros sueños eran infantiles, difíciles de realizar o fruto de nuestra ignorancia de las realidades de la vida.
Matamos nuestros sueños porque tenemos miedo de entablar el Buen Combate.
El primer síntoma de que estamos matando nuestros sueños es la
FALTA DE TIEMPO.
Las personas más ocupadas que he conocido en la vida siempre tenían tiempo para todo.
Los que nada hacían estaban siempre cansados, no conseguían realizar el poco trabajo que tenían y se quejaban constantemente de que el día era demasiado corto.
En verdad, tenían miedo de enfrentarse con el Buen Combate.
El segundo síntoma de la muerte de nuestros sueños son NUESTRAS CERTEZAS .
Porque no queremos considerar la vida como una gran aventura para ser vivida.
Pasamos a juzgarnos sabios, justos, correctos en lo poco que pedimos de la existencia.
Miramos más alla de las murallas y escuchamos el ruido de lanzas que se rompen, el olor de sudor y pólvora, las grandes caídas y las miradas sedientas de conquistas de los guerreros.
Pero nunca notamos la alegría, la inmensa alegría que está en el corazón de quién está luchando, porque para ellos no importan la victoria ni la derrota, importa sólo participar en el Buen Combate.
Finalmente, el tercer síntoma de la muerte de nuestros sueños es LA PAZ.
La vida pasa a ser una tarde de domingo, sin pedirnos cosas importantes y sin exigirnos más de lo que queremos dar.
Creemos entonces que ya estamos maduros; abandonamos las fantasías de la infancia y conseguimos realizarnos personal y profesionalmente.
Nos sorprendemos cuando alguien de nuestra edad dice que quiere todavía esto ó aquello de la vida.
Pero en verdad, en lo último de nuestro corazón, sabemos que lo que ocurrió fue que renunciamos a luchar por nuestros sueños, a entablar el Buen Combate.



Cuando renunciamos a nuestros sueños y encontramos la paz, tenemos un pequeño período de tranquilidad.
Pero los sueños muertos comienzan a pudrirse dentro de nosotros é infectan todo el ambiente en que vivimos.
Empezamos a ser crueles con los que nos rodean y finalmente pasamos a dirigir esta crueldad contra nosotros mismos.
Surgen la enfermedades y las psicosis.
Lo que queríamos evitar en el combate – la decepción y la derrota – pasa a ser el único legado de nuestra cobardía.
Y llega un bello día en que los sueños muertos y podridos vuelven el aire tan difícil de respirar que pasamos a desear la muerte, la muerte que nos libere de NUESTRAS CERTEZAS, de NUESTRAS OCUPACIONES y de aquella terrible PAZ de las tardes de domingo.



El peregrino
Pablo Coelho






17 jul. 2009

MADURANDO LA FE

“Había una madre con su pequeña hija, en su pequeño hogar reinaba tranquilidad, estabilidad y paz.
Pero en aquel verano la madre enfermó gravemente. Su medico al ver que nada podía hacer para salvarla decide explicarle a la hija sobre el estado de su madre y tratar de prepararla para lo inevitable. Le dijo a la pequeña que su madre estaba enferma y que pronto moriría, porque no había más nada que hacer. Cuando la pequeña preguntó cuanto tiempo iba a vivir su madre, el médico al observar un árbol (un viejo y hermoso paraíso) en el patio de la casa, le contesto: “mira pequeña, cuando todas las hojas de ese árbol caigan tu madre partirá al cielo”. Y así el médico concluyó la charla, dejando a la niña mirando detenidamente ese árbol gigante. Y así pasaron los días, con la pequeña cuidando de su madre y a la tarde cuando terminaba los quehaceres, salía al patio a contemplar ese viejo paraíso, sus movimientos ante el viento, miraba con miedo a aquellas hojas que parecían vulnerables y que podían caer. Ella estaba ahí, entre sus oraciones, el dolor de su madre y la angustia de la futura pérdida, tan chica y con tantas cosas que le oprimían el corazón. Pasaban las horas, las semanas, y los días se hacían grises. La princesita, como así la llamaba su madre, seguía mirando el árbol todas las tardes, como tramando algo, lejos estaba de amargarse o de derramar lagrimas. Al ver que las hojas tomaban un color amarillento, no lo dudo mas, tomo un ovillo de hilo y con convicción ato cada hoja a las ramas del árbol. Al llegar el médico a la casa para revisar a la madre notó que la hija no estaba con ella y fue a buscarla, hasta que la encontró en el patio contemplando el árbol. El médico se acerco y al ver toda las hojas atadas le pregunto que hacia, ella le recordó que el le había dicho que su madre moriría cuando todas las hojas del árbol cayeran, el asentó con la cabeza.
Entonces la niña termino su respuesta de la siguiente manera, “Estoy salvando a mi Mama”.


Al ver semejante muestra de Fe, el doctor no pudo contener el llanto y pensando en la inocencia de ella pidió al Cielo estar equivocado. Hoy, ya es primavera y la princesa, junto a su reina contempla ese viejo árbol a la espera de nuevas hojas, de una nueva oportunidad, de una nueva vida.

Madurar la fe es llevar el concepto de la fe a lo practico a lo cotidiano, no guardarla para los domingos nada mas.
Hay que tener Fe en las pequeñas cosas y así se hará grande nuestro corazón, de a poco podremos ir haciendo un hogar mejor, una sociedad justa, un mundo libre.
"Utopias Muertas" Felipe Peñaloza

10 jul. 2009

LA PAZ DEL CORAZON….....PARTE DOS


Toda acción, Corazón mío, que no tenga por miras a Dios amorosísimo, vale tanto como la siembra en el agua


Nada trasciende de ella, todo se quema en la constante hoguera de los siglos.
En efecto, los siglos son calderos de Dios, donde se convierten en cenizas los soberbios leños de nuestros egoísmos.
Quién vive para sí y no para Aquel, hace de la nada su heredera.

Para no condenar a nuestro siglo - ¡qué digo! , a nuestro milenio- bueno sería suponer que estamos aquí en tren de juego, como si fuéramos una especial clase de niños cósmicos.
Jugamos a que trabajamos, jugamos a que amamos, a que hacemos la guerra, a que creemos.

Trabajar no es hacer en fábricas o talleres.
Trabajar es trabajarme interiormente para que mi constante preocupación por salir de tanta incertidumbre termine por hacerme conquistador de mi develamiento y, por ende de mi felicidad imperecedera.

Trabajar es reintegrame, volverme íntegro, completarme o bien compactarme; no deben quedar espacios , no deben de haber vacíos en mí para que los llene la irrealidad, la fantasía, lo intrascendente cuyo techo es el tiempo y sus horas de hipócrita importancia.

Una hora, sí, es importante, cuando me acerco al centro de mí mismo: esa hora se torna parte de la eternidad, sale del tiempo, y se convierte en algo perenne; más...¿cuántas de ellas vivimos?

¡Ay! Somos suicidas espirituales, Corazón, y nos matamos a diario, poco a poco, accediendo a que el tiempo se agote sobre la negra tinta de la nada..

Pide a Dios misericordioso que te otorgue un poco de devoción por EL.



Ada Albrecht




1 jul. 2009

DIFICIL ES......

Difícil, muy difícil es tu despertar, Corazón mío.



Podrán tal vez los músculos del cuerpo físico socavar montañas y conquistar el fondo de los mares.
Para toda empresa hacia fuera trabaja comedidamente el cerebro y a todo quehacer le encuentra gusto.
Su reino es el reino de la acción externa, y no puede estarse quieto, pues como las mariposas les atrae la llama, así el fuego del mundo atrae al pensamiento.
A la mente se le ha hecho un altar, y la humanidad entera sabe de su culto.
En cuanto a ti, se te ha olvidado, nada tienes que despierte nuestro interés, porque tu reino se encuentra más alla del espacio y del tiempo, protegido por los muros de la soledad y el silencio, consuetudinarios enemigos de la mente.
Si a ésta le dices “nada hay para hacer, evita las obras sugeridas por el ego” te creerá demente.
El tiempo está allí, como un inmenso cañamazo al que hay que bordar con los hilos multicolores de las ambiciones, “Nada hay para hacer” es, según ella, opinión de necios; pero tú dices “nada hay para hacer”, y lo dices con sabiduría, pues con hilos de humo no se pueden tejer mantos que abriguen del frío.
El alma es eterna, y poco servicio le prestan – por el contrario, mucho la inquietan – los productos del tiempo.
Tú, que sólo te avienes con la sencillez de lo eterno, apenas si encuentras sitio entre las complicaciones sin sentido: Nadie escucha tu voz, y quien lo hace, se sale del tiempo y para éste se torna nulo

Este mundo no sienta bien a tu ser adulto, y sufres en él como un gigante conminado a doblar sus espaldas constantemente a fin de tornar posible su diálogo con los enanos.



La paz del Corazón
Ada Albrecht