10 jul. 2009

LA PAZ DEL CORAZON….....PARTE DOS


Toda acción, Corazón mío, que no tenga por miras a Dios amorosísimo, vale tanto como la siembra en el agua


Nada trasciende de ella, todo se quema en la constante hoguera de los siglos.
En efecto, los siglos son calderos de Dios, donde se convierten en cenizas los soberbios leños de nuestros egoísmos.
Quién vive para sí y no para Aquel, hace de la nada su heredera.

Para no condenar a nuestro siglo - ¡qué digo! , a nuestro milenio- bueno sería suponer que estamos aquí en tren de juego, como si fuéramos una especial clase de niños cósmicos.
Jugamos a que trabajamos, jugamos a que amamos, a que hacemos la guerra, a que creemos.

Trabajar no es hacer en fábricas o talleres.
Trabajar es trabajarme interiormente para que mi constante preocupación por salir de tanta incertidumbre termine por hacerme conquistador de mi develamiento y, por ende de mi felicidad imperecedera.

Trabajar es reintegrame, volverme íntegro, completarme o bien compactarme; no deben quedar espacios , no deben de haber vacíos en mí para que los llene la irrealidad, la fantasía, lo intrascendente cuyo techo es el tiempo y sus horas de hipócrita importancia.

Una hora, sí, es importante, cuando me acerco al centro de mí mismo: esa hora se torna parte de la eternidad, sale del tiempo, y se convierte en algo perenne; más...¿cuántas de ellas vivimos?

¡Ay! Somos suicidas espirituales, Corazón, y nos matamos a diario, poco a poco, accediendo a que el tiempo se agote sobre la negra tinta de la nada..

Pide a Dios misericordioso que te otorgue un poco de devoción por EL.



Ada Albrecht